Para abordar el hecho de la violencia en la pareja, vamos a tener que tratar elementos que se articulan entre sí. Algunos de ellos serán los que fluirán en este intento de articulación: violencia, reproche, agresión, reclamación, transgeneracional, fantasmas, narcisismo, sostenedor/sostenido, amo/esclavo, pertenencia, vacío, soledad. En la articulación de la psicoterapia de pareja estos elementos serán muy comunes tanto a la hora de escuchar como a la hora de interpretar.

En el tratamiento de la pareja donde lo emergente es la violencia, vamos a observar algunas cuestiones que nos llamarán la atención poderosamente.

La pasividad-anulación

El primero es la pasividad-anulación que se hace presente en la mujer. Uno de los objetos de la violencia, según señala Puget, es la anular la capacidad de decisión al otro; se le manipula al otro, anulándole:

  • La posibilidad de pensar.
  • Se deja de desear.
  • Se vive en un estado permanente de amenaza.

Puget y Berenstein formulan una definición sobre la violencia: “acto vincular cuyo objetivo es el de matar, eliminar psíquicamente o físicamente a otro sujeto, o matar el deseo en el otro, lo humano en el otro, transformándolo en un no sujeto al privarlo de todo posible instrumento de placer y por ende de existencia. Sólo importa el deseo de uno que se transforma en soberano. No admite la existencia de otro”.
(Fuente: fepal.org/nuevo/images/stories/fasciculo_completo_2.pdf)

La inermidad

Otro elemento, anudado a éste, es lo que se ha llamado la inermidad. Pero para llegar a este término necesitamos hacer un recorrido.

La necesidad de pertenecer a un vínculo es inherente a la condición de ser. El estar ligado a los objetos internos, a una estructura familiar, a un contexto social protege de las angustias ligadas al vacío y la soledad. Formar parte de un conjunto, estar en la mente del otro, se relaciona con estar vivo.

El reconocimiento es ineludible al sentimiento de pertenencia, la necesidad de pertenecer y ser reconocido como condición de ser lleva al individuo en algunas situaciones de extrema exigencia para evitar “la angustia de no asignación” – Kaës -, frente a lo buscado como es existir en una trama deseante. Es desde aquí que podemos entender la “necesidad” de un ser humano, en este caso de la mujer, en ser reconocida, y cómo se anula su capacidad como sujeto justamente por la búsqueda de ello resistiéndose al término de Kaës; “la angustia de no asignación”.

Para Puget, la pertenencia juega como una promesa que conjuga el presente del decir con un futuro anticipado. La angustia traumática está anudada al desamparo, a la inermidad.

Para Reinoso, el problema es acuciante cuando “el agente de la violencia es a la vez condición para sobrevivir”. El deseo de muerte psíquica o material pesa como sentencia… el destino será autodestructivo o destructor.

La violencia se constituye como trauma porque está asociada a la relación con otro, social o familiarmente. De la misma forma que decimos que el niño se interroga acerca del deseo de la madre hacia él, podemos trasladarla al otro social y/o familiar. Si la respuesta de este otro se salda con deseos de muerte bien reales o simbólicos, entonces conllevará a la subjetividad a que se tambalee.

Vínculos en la pareja

Hablando de destinos, la pareja alcanzará destinos en dependencia del vínculo que los une. Cuestión que se nos hace evidente como otro de los elementos a tratar en psicoterapia.

Uno de los más evidentes es la complementariedad: ser sostenido y sostener. Posiciones de fragilidad y de sostén; deslizamiento de sostenido a mantenido, y de éste a dominado. El deslizamiento especular del otro de la pareja es el de sostenedor a dominador. Y por fin, la relación de poder amo-esclavo.

La complementariedad fracasa precipitándose el temor a la autonomía y abandono. La autonomía es interpretada como abandono. El que controla tiene la dirección de anular la autonomía del otro. La violencia está servida de nuevo para tomar como objeto la anulación de la autonomía que rompe el “contrato” tácito entre la pareja.

Los discursos donde se pone en juego estas situaciones pueden ser: “ le pego porque no me comprende”; “yo no quería hacerle daño”; “sólo quería que me entienda”. Emerge la certeza de que es el otro quien provoca la situación violenta. Sobreviene en la mujer el temor al desamparo y a no ser nadie; de esta forma se mantiene la pertenencia a la conyugalidad y los mandatos idealizadores.; con ello se borra la diferencia.

El reproche será uno de los discursos más habituales que encontremos en la pareja. El reproche es una de las formas más habituales de violencia en la pareja; constituye la psicopatología de la vida amorosa, implica ”que se comporte como nosotros deseamos que sea”.

La cualidad del reproche es la de ser rígido, repetitivo y estereotipado. Marca “como el otro debe de ser “. El reproche es acusatorio. Se trata de un mecanismo de proyección, se le adjudica al otro aquello que no se tolera de sí mismo”.
Tiene una cualidad expulsiva, evacuativa, produciendo un alivio momentáneo y fugaz.

Conviene establecer una diferenciación entre reproche y reclamación; en éste se expone al otro lo que se quiere, lo que se desea, se espera – se articula a través de la palabra -. A veces no hay palabra y vuelve a aparecer la idealización de lo que uno espera que deba ser.

El autoritarismo en la pareja se entronca con el narcisismo y la violencia. La queja se establece como expresión de malestar, del reproche y de la reclamación.

Generaciones

Indagando en la historia personal y familiar de cada miembro de la pareja nos vamos a encontrar con la transmisión de la violencia, escenas violentas, entre generaciones.

Freud nos guía en ello: “una generación no puede sustraerse a esconder o escamotear sus procesos anímicos sustantivos a la siguiente generación” (Totem y Tabú) y “ “los hijos están llamados a resolver aquello que sus padres no consiguieron”; Granjón continúa: “estamos condenados a transmitir” y Kaës confirma: “ se conforma una cadena grupal transgeneracional: palabras, ideas, representaciones, son significantes para la transmisión”.
(Totem y Tabú. S.Freud. Obras Completas Biblioteca Nueva Madrid 1997)

Se trata de la repetición, re-edición como instrumento para la violencia en la pareja. Violencia que deriva de su línea familiar, volviendo a representarse en la actualidad en una pareja concreta.

La transmisión de la violencia vivida, distintos tipos de pérdida y duelos se realizarán a través de diferentes y ocultas formas de repetición conservando su carga traumática. La pareja se conforma como portadora de historias de violencia: violencia social, pasando por la familiar, la de género y la institucional.

Abraham y Torok abordan los duelos transgeneracionales a través de dos modalidades que están asociados a escisiones del Yo. Para Abraham y Torok se trata de un muerto enterrado en otro que continúa su trabajo corrosivo.

Lo inconfesable se transmite en la pareja transgeneracional a través de los fantasmas. Los fantasmas, desde la Antigüedad, son aquellos que no mueren del todo, retornan como almas en pena. El fantasma es un hecho psicológico que vuelve a través de las generaciones bajo la formulación de síntoma.

Granjón, Kaës y Enriquez dan respuesta a la formulación de cómo podrá la pareja percibir la elaboración y transformación de las herencias negativas legadas por sus antepasados y de cómo podrá metabolizar los elementos traumáticos sufridos en el curso de su historia: será gracias a las capacidades de continencia, significación e intercambio con el contexto social.

Será el contexto social que podrá convertirse en ideador de sentido de aquello que ha quedado vacío de significado en la familia. Estará representado en el imaginario social con las leyes, los monumentos, los dichos, las leyendas, los recordatorios, y simbolizaciones del pasado que dan cuenta de la trama de una historia social tejida con el tiempo.

La memoria colectiva es el soporte, puede ser el continente que viene a significar; lo que ha quedado vacío en la memoria individual



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